miércoles, 13 de diciembre de 2017

Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos

     "Estoy seguro de que no me creen, y de que tampoco creen que creo en lo que afirmo. Son libres de creerme o no, pero al menos crean esto: no estoy bromeando. Se trata de algo muy serio, algo muy importante. Tienen que pensar que, para mí también, el hecho de declarar algo así es una cosa terrible. Muchas personas aseguran recordar sus vidas anteriores. Yo, por mi parte, afirmo que puedo recordar una vida presente distinta. No conozco a nadie que haya hecho declaraciones como esta, pero sospecho que mi experiencia no es única. Quizá lo sea el deseo de hablar de ella."
     Con este fragmento del discurso con el que Philip K. Dick intervino en un congreso en Metz el 24 de septiembre de 1974 presenta Emmanuel Carrère Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Philip K. Dick (1928-1982), la quinta biografía que hasta ese año (1993) se había publicado sobre el conocido escritor americano de ciencia ficción, obra que sería publicada en España por la editorial Minotauro en 2007. Carrère escoge estas palabras porque considera que resumen la profundidad del pensamiento dickiniano y, quizá, también, su locura.
     Mucho se ha hablado de la insania de Dick, de su paso por diversos psiquiátricos y su ingente consumo de estupefacientes, pero quizá no sean tan conocidas las causas que lo abocaron a ello y la consecuencias que sufrió. Carrère intenta aclarar con esta intromisión novelada en la vida del autor los contrastes y contradicciones que justifican, tal vez, su carácter paranoico. 
     Philip nació el 16 de diciembre de 1928 en Chicago. Su prematura llegada al mundo seis semanas antes de lo previsto se vio marcado por un nefando hecho que arrastraría toda su vida. Su melliza, Jane, murió el 26 de enero de hambre, pues su madre no era consciente de que la niña no se alimentaba lo suficiente. Al enterrarla, en la lápida grabaron también el nombre de su hermano y su fecha de nacimiento a la espera de que acompañara los restos de la pequeña Jane. Con el tiempo, Philip utilizaría esta historia para justificar su situación, provocar lástima o plantearse el sentido de su existencia y de su propia realidad.
     Su infancia y adolescencia la pasó a solas con una madre hipocondriaca, controladora y castradora que lo educó según sus principios. Creció así un niño tímido, gordito, aficionado a la música clásica y a la lectura de ciencia ficción que prefería aislarse y que temía ser homosexual. Cuando Phil tenía catorce años, y tras un incidente en una sala de cine, Dorothy decidió que su hijo estaba desequilibrado y debía ser tratado por un psiquiatra. Empezó entonces un periplo, que se alargaría durante toda su vida, en el que se sumarían incontables sesiones de especialistas con la esperanza de paliar sus problemas mentales.
     No obstante, a medida que pasaron los años, Philip cambió. Pasó de ser un niño agorafóbico a convertirse en un dependiente emocional (contrajo matrimonio en cinco ocasiones y mantuvo incontables relaciones amorosas) que buscaba permanentemente compañía para huir de sus propios pensamientos y paranoias. Abandonó la indiferencia religiosa para abrazar la fe cristiana y vivirla con fervor desmedido. Consumió ingentes cantidades de medicamentos (llegó a tomar más de mil píldoras en una semana) para acallar los gritos de su mente y encender su capacidad creativa, pero, aunque las probó, no se aficionará a las drogas de moda.
      Pese a todas sus contradicciones y desvaríos, la aportación literaria de Dick es incuestionable por su cantidad y calidad. Escribió treinta y seis novelas, entre las que destacan El hombre del castillo, ucronía por la que recibió el premio Hugo en 1963, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), adaptada al cine bajo el título Blade Runner, Ubik (1969) o Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974); además de cien relatos. Desde sus primeros textos hasta sus obras más conocidas, Philip fue capaz de crear un mundo de ficción partiendo de sus propias vivencias (alguna de sus esposas se lo recriminó) mezcladas con sus dislates mentales y su preocupación religiosa, que lo llevó a dedicar los últimos ocho años de su vida a una Exégesis que no llegó a concluir.
      En sus últimos años Dick consideraba que la verdadera realidad era la que había escrito en sus libros, y que lo que creía haber vivido no era más que palabras e imaginación. Tal vez su falta de empatía le hizo entender que él solo era un replicante en un presente que era paralelo.



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