lunes, 26 de enero de 2026

Relatos autobiográficos

    Thomas Bernard fue un novelista, dramaturgo y poeta austriaco que nació en Heerlen, Países Bajos, en 1931 y falleció en Gmunden en 1989. Su nacimiento ilegítimo lo marcó a lo largo de su infancia y de toda su existencia, pues le planteó serias dudas sobre el amor de su familia y las razones que llevaron a su padre a no reconocerlo como hijo suyo; siempre mantuvo el apellido de su abuelo, ya que el esposo de su madre tampoco lo adoptó.
    Tras una vida de no pocas penurias marcada por la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias, entre 1975 y 1982 escribió los cinco libros breves que componen sus Relatos autobiográficos, en los que da cuenta de su vida desde sus primeros recuerdos hasta la veintena. El orden en el que aparecen aparenta ser cronológico, aunque en realidad siguen una estructura circular; el primero se inicia cuando tiene doce años y el último concluye a esa edad. Estos libros fueron publicados de forma independiente, aunque aparecieron editados en español de forma conjunta en 2009 por la editorial Anagrama con la traducción al español de Miguel Sáenz, quien ha traducido casi toda la obra del escritor austriaco.
    El origen es el primer relato de carácter autobiográfico que compuso Bernhard en 1975. En él relata su infancia en Salzburgo durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, cuando contaba entre doce y catorce años. Su paso por un internado de la cuidad marca las dos partes en que se divide: Grünkranz y El Tío Franz, que hacen referencia a las etapas en esa escuela a la que asiste obligado por su abuelo, quien mantiene grandes expectativas en él. En la primera está bajo el control del sistema nacionalsocialista y sufre numerosos bombardeos, mientras que, tras su caída pasa a ser gestionado por religiosos católicos. En ambos casos el Thomas niño sufre en un sistema educativo que considera envilecido y caduco del que los estudiantes no pueden extraer ninguna enseñanza positiva. Aprovecha para hacer una crítica a la educación en la que afirma: «La sociedad tiene que cambiar su sistema de enseñanza  si quiere cambiarse, porque si no cambia y se limita y, en gran parte, se suprime, pronto llegará a su ineludible final». Además, el niño asiste a unas clases particulares de violín que detesta y a otras de inglés que le sirven para huir de su realidad.
    En El sótano (1976) Thomas ha decidido abandonar el internado para disgusto de su abuelo y empieza a trabajar en una tienda de comestibles regentada por el señor Karl Podlaha en el poblado marginal de Scherzhauserfeld, en Salzburgo, una zona en la que nadie de su entorno entraría, pero que él elige como destino. Mientras se prepara para sus exámenes en la escuela de comercio, el muchacho ha encontrado una ocupación que lo hace sentir útil, a la vez que contribuye a la precaria economía familiar. Su jefe es un melómano y el muchacho empieza a tomar clases de canto al demostrar tener buena voz. Sin embargo, su futuro se ve truncado a consecuencia de descargar un camión de papas bajo una nevada. Bernhard dirigirá sus críticas en este capítulo al clasismo y a la importancia del trabajo para dirigir las vidas de las personas, quienes pierden el rumbo cuando no saben qué hacer.
    El aliento (1978) relata la convalecencia de Thomas durante unos meses en el hospital a consecuencia del enfriamiento que sufre en su trabajo y que afecta a sus pulmones. Desde su ingreso es llevado a lo que él denomina la «habitación de morir», una sala con múltiples camas donde ubican a aquellos que están próximos a expirar. Son todos ancianos desahuciados a los que ve desparecer cada día, por lo que sabe que su fin está próximo; no obstante, se aferra a la vida y, en contra de los diagnósticos médicos, logra sobrevivir. En el hospital lo acompañará cada día su abuelo, quien había ingresado días antes para una intervención, hasta que una tarde deja de visitar su sala. El sufrimiento ante la muerte de quien más lo quería aumentará el dolor por la enfermedad y la soledad que lo rodea. Como es de suponer, Bernhard arremete en esta parte contra los malos usos sanitarios y el trato diferencial en los hospitales a los enfermos por su poder adquisitivo.
    En El frío (1981) narra su traslado, tras salir del hospital, al sanatorio Grafenhof ubicado en el campo. La mala fama del establecimiento hace temer por su vida al joven, que ya ha alcanzado los dieciocho años y cuya salud sigue siendo frágil. Esta es su Montaña mágica, pues una estancia que en principio iba a ser breve, ya que las pruebas no encuentran manchas en sus pulmones, se alarga en el tiempo hasta que se contagia de la tuberculosis que sufren otros enfermos. Durante este periodo, su madre, con quien nunca tuvo buena relación, fallece a consecuencia de un cáncer y con ella se va otra posibilidad de saber quién fue su padre y por qué lo rechazaron ambos.
    El último libro, Un niño (1982), da un salto a sus primeros años de vida. Empieza con un viaje en bicicleta a los ocho años para rememorar recuerdos anteriores y posteriores que conforman el tapiz de su primera infancia. Los continuos cambio de domicilio, el desprecio de su madre, su sentimiento de inutilidad y la sombra protectora de su abuelo marcarán sus primeros años hasta su traslado a Salzburgo y su ingreso en el internado nacionalsocialista.
    Con este relato final se cierra el círculo de los años de formación de Thomas Bernhard. A partir de ahí su vida tomará otros caminos. Sin embargo, él quiere remarcar cuánto influye en el individuo adulto su infancia y adolescencia, cómo todo lo vivido en los primeros años condiciona el futuro y las relaciones con los demás, a pesar de que el individuo tiene capacidad de reconducir sus pasos y superar el pasado. Una observación minuciosa de lo vivido contribuye a ver los defectos del entorno, señalarlos y denunciar cambios necesarios en distintos aspectos de la vida. 
    Con una sintaxis compleja, que abomina del punto y aparte, y llena de aclaraciones, digresiones y repeticiones, no es fácil leer a Bernhard. No obstante, la profundidad de su historia y de sus reflexiones ayudan a avanzar tras los pasos de su formación.
    Esta es, pues, la infancia de Thomas Bernhard. Como señala en El sótano, «Si no hubiera pasado realmente por todo lo que, reunido, es hoy mi existencia, lo habría inventado probablemente para mí, llegando al mismo resultado».


    
    
    
    

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