jueves, 5 de febrero de 2026

El jardinero y la muerte

    Desde que Jorge Manrique escribiera Coplas a la muerte de su padre allá por el siglo XV, cada vez son más los escritores que, en los últimos años, encuentran en la literatura una vía de desahogo ante la pérdida de seres queridos. Suelen relatar las escenas previas, el periodo crítico y el después de la muerte en una búsqueda de porqués que aplaquen el dolor ante la ausencia y serenen su alma herida con textos más o menos elegíacos.
    La nómina no deja de crecer: Isabel Allende, Paul Auster, Héctor Abad Faciolince, Delphine de Vigan, Joan Didion, Manuel Vilas, Piedad Bonnett... A estos podríamos añadir más nombres dedicados a lo que Emilio Lara ha denominado «Literatura del adiós».
    Uno de los últimos en sumarse a esta tendencia es el búlgaro Gueorgui Gospodínov, autor de Física de la tristeza (2012) y Las tempestálidas (2020), ambas editadas en español por la editorial Fulgencio Pimentel. 
    El 6 de mayo de 2024 (día de San Jorge en Bulgaria y fecha significativa en la historia familiar) Gospodínov terminó de escribir El jardinero y la muerte, texto editado en español por Impedimenta en 2025 con traducción de María Vítova.
    La obra está dividida en noventa y un capítulos o fragmentos y un epílogo en que da cuenta de la muerte de su padre, fallecido cuatro días antes de la Navidad anterior a consecuencia de una enfermedad que lo fue reduciendo hasta la extenuación. 
    El libro empieza con una metáfora que lo contiene todo: «Mi padre era jardinero. Ahora es jardín». En la sucesión de episodios combina elementos de ese presente con el pasado familiar y con el tiempo posterior a la muerte que dan a entender la relación que mantenía con él y el hueco que ha generado su ausencia. La admiración era recíproca, sus padres estaban orgullosos de su hijo escritor, y él admiraba cómo ellos habían salido adelante a pesar de las penas de la posguerra y el dominio soviético.
    El jardín es un elemento esencial de la historia, pues era el entretenimiento de su padre, quien dejará preparada la tierra para que florezca en la siguiente primavera que ya no verá. La vida seguirá adelante a pesar de haber sucumbido su cuerpo a la muerte, como si su alma siguiese flotando entre las plantas que sembró con sus manos.
    Los episodios más duros son aquellos que narran el avance irreparable de una enfermedad que se ha adueñado de su cuerpo y de la que no puede escapar. Que su padre no sienta dolor es el ruego que repite una y otra vez, que no sufra, que la muerte, si puede, sea dulce. Pero, a pesar de que su padre repita que «no hay nada que temer», el miedo al inevitable final se adueña del narrador, que no sabe qué hacer para amortiguar el lamento que lacera su garganta.
    El libro es hermoso pero acongoja el corazón. Para quienes hayan sufrido pérdidas recientes les advierto que puede reabrir heridas que aún no han cauterizado. Aun así, los capítulos fluyen ligeros como pétalos al viento de ese jardín que perdió a su dueño. La serenidad supera al dolor.
    Este es un ejemplo más de que la literatura se adueña de todo. Como señala el autor, «Cualquier historia, hasta lo que ha ocurrido y es personal, cuando pasa a través del lenguaje, cuando se reviste de palabras, deja de pertenecernos, ya forma parte tanto del ámbito de lo real como del de la ficción». El sufrimiento de Gospodínov deja de ser suyo para convertirse en colectivo, y con él expiamos el nuestro.


    

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