miércoles, 22 de julio de 2026

Los papeles póstumos del Club Pickwick

     Pese a su escasa formación académica provocada por una infancia difícil, Charles Dickens (1812-1870) comenzó a colaborar como reportero a los dieciséis años. Tras un tiempo, sus crónicas periodísticas y reportajes urbanos comenzaron a tener éxito, así como sus cuentos, por lo que en 1836 el editor del periódico Evening Chronicle le ofreció la redacción de unos episodios por entregas que tendrían como protagonistas a los miembros de un club londinense imaginario que vivían una serie de aventuras.
    Para la redacción de la historia y como era habitual entonces, Dickens debía basarse en los dibujos elaborados por Robert Seymour, un conocido dibujante. En el primer dibujo de la serie aparecían trece miembros de una sociedad de caballeros típicamente inglesa sentados en torno a una mesa. A continuación le enseñó el dibujo que daría inicio a la narración en el que se distinguía a los cuatro protagonistas en una jornada de pesca: Snodgrass, Winkle, Trundle y el señor Pickwick, el líder del grupo. Sin embargo, el joven escritor se rebeló contra esta dinámica y se negó a someterse a los dictados del dibujante para redactar la historia, lo que provocó una disputa entre ambos y el editor que se resolvió de forma trágica, ya que el dibujante, por razones que se desconocen, se suicidó tras entregar las ilustraciones del capítulo V y fue sustituido por un joven dócil que se limitó a seguir las instrucciones del escritor.
    Ese fue el génesis de Los papeles póstumos del Club Pickwick, primera novela del autor inglés. A partir de marzo de 1836, con una frecuencia mensual, aparecieron los veinte episodios que formarían la obra completa y que se vieron influenciados por el gusto y las reacciones de los lectores que seguían la trama. El éxito fue tal que la obra fue publicada en un solo volumen en 1837 y abrió las puertas al joven autor a un público diverso que anhelaba más narraciones.
    Su primer traductor al español fue un impetuoso joven llamado Benito Pérez Galdós (1843-1920), quien lo publicó por entregas en el diario La Nación entre marzo y julio de 1868 bajo el título Aventuras de Pickwick. Su traducción, no obstante, no partió de la original, sino de su versión en francés y resultó ser, según Ricardo Bada, una catástrofe.
    La edición actual en español de Penguin Clásicos (2016), traducida por José María Valverde, intenta mantener el habla cockney que emplea Dickens para caracterizar a algunos de sus personajes adaptándola a formas expresivas localistas de nuestro idioma que se desvían de la norma estándar. Es habitual en la narrativa realista marcar el nivel social, cultural o espacial de los personajes a través de su expresión oral y, en este caso también, escrita, aunque en los últimos años se intente hacer ver como una innovación de la literatura actual.
     En el formato que nos ha llegado, la novela se divide en cincuenta y siete capítulos, que no se corresponden con la división original en veinte episodios. En el primer capítulo se nos presenta a los miembros del club y las actividades de investigación a las que se dedican. A partir del segundo se inician los viajes de estos cuatro caballeros que se verán envueltos en no pocas aventuras de las que saldrán con mejor o peor fortuna al coincidir con un ingente número de personajes.
    El líder del grupo, el señor Pickwick, quien da nombre al club, es el guía espiritual o mentor de los tres jóvenes que lo acompañan y quienes esperan su consejo y orientación, por lo que evitan defraudarlo y buscan siempre mantener su honor y estima ante él. A partir del capítulo VI aparece un nuevo personaje, Sam Weller, sirviente del señor Pickwick, quien irá ganando protagonismo en la historia gracias al aplauso de los lectores que animaron al autor a ello.
    El espacio en el que se mueven no solo es la ciudad de Londres, sino que trascienden las fronteras de la metrópoli para recorrer otros espacios ingleses como Bath, mientras que a algunos se les atribuye nombre inventado para evitar conflictos con la realidad al ridiculizar determinadas conductas, como sucede con Eatanswill.
    La historia acontece en la época inmediatamente anterior a cuando fue publicada, por lo que intenta ofrecer una visión realista de la forma de vida de su época. Además, esto ayuda al autor para cuestionar determinadas conductas sociales o políticas que estima inadecuadas. En varios capítulos y situaciones pone en evidencia las taras de la justicia y la labor deleznable de los despachos de abogados y pasantes, quienes hacen un uso torticero de las leyes a su favor y en detrimento de los individuos más débiles o ignorantes que se ven arrastrados por su manipulación, como le sucederá al propio Pickwick. También los «sierrahuesos», como denomina Sam Weller a los médicos, tienen su representación en la novela con dos jóvenes (Ben Allen y Bob Sawyer), así como los grupos políticos (amarillos y azules) o algunas tendencias religiosas.
    Es evidente el sesgo autobiográfico de varios episodios de la novela. Hay que recordar que el padre de Dickens sufrió cárcel por deudas y en la prisión vivió acompañado por su familia. Charles era solo un niño y tuvo que trabajar en una fábrica de betún para alimentar a los suyos. Esta desgracia familiar aparece reflejada en dos momentos de la novela: la historia narrada de un hombre que perdió a su esposa y a su hijo por unas deudas y los episodios que pasa el señor Pickwick con Sam en la cárcel de Fleet, donde se describe la precaria situación de muchos presos y cómo se malvivía allí.
    La obra en sí es poco original; Dickens, ávido lector desde su infancia, se había empapado de las historias de autores anteriores que lo sumieron en aventuras incontables y de ellos aprendió el oficio de escribir. Así, hace uso de una práctica literaria de moda en los siglos anteriores y es la del manuscrito encontrado, en el que niega la autoría de la obra y se presenta como mero transmisor de lo que otros escribieron, en este caso, los miembros del club, de ahí el título de la novela, tal como explica al principio del capítulo IV.
    No pocos han señalado las concomitancias que guarda esta novela con el estilo cervantino, hecho que no negó Dickens al manifestar su admiración por el Quijote. Lo podemos ver en los títulos de los capítulos, que anuncian y resumen los acontecimientos que contendrán las siguientes páginas como solían hacer las novelas de esos siglos. Los personajes salen a vivir aventuras, se enfrentan a conflictos de los que no siempre salen bien parados dado que la realidad se impone a veces a la fantasía, y se juzgan conductas o rasgos sociales, pese a que se combinan con el humor. Además, en su vagar por tierras británicas encontrarán personajes que les relatan historias referidas a otros individuos, por lo que se suceden las novelitas intercaladas que encontramos sobre todo en la primera parte del Quijote. Por otro lado, se puede observar entre el señor Pickwick, un caballero culto e ilustrado, y su sirviente, Sam Weller, un muchacho sin formación pero ingenioso, una reflejo de don Quijote y Sancho, ya que Sam suele contener a su amo cuando este tomo se altera a la vez que, si bien Sancho salpicaba su discurso de refranes, Weller no deja de emplear comparaciones jocosas que a veces el propio Pickwick no entiende. 
    Dickens era también un aficionado lector de novelas picarescas, por lo que incluye personajes que cumplen esa función, como Jingle y Job Trotter, o el propio Sam Weller, que resume así su infancia en la que ha pasado de amo en amo: 
—Cuando me echaron al mundo de cabeza pa jugar a pídola con sus males —respondió Sam—. Fui mozo de arriero pa empezar, luego carrero, luego cargaor, luego criado de posada. Ahora soy criado de señor. Cualquier día de estos  a lo mejor acabo por ser un señor, con la pipa en la boca y con un cenador en el jardín. ¿Quién sabe? Lo que es yo, no me sorprendería.
    Los papeles póstumos del Club Pickwick es, sin duda, una novela ágil y entretenida que despierta el interés del lector desde la primera páginas. El vivir aventuras, reír con los personajes y empatizar con sus desgracias y sufrimientos convierte cualquier obra en universal, pues contiene todos los elementos que la hacen imperecedera en el tiempo. Por ello, casi dos siglos después, aunque los tiempos hayan cambiado y con ellos las modas, seguimos leyendo esta historia como si fuese actual y hacemos nuestras las pasiones de sus personajes que son, al fin y al cabo, las de cualquier ser humano.



No hay comentarios:

Publicar un comentario